terça-feira, 12 de fevereiro de 2013

La imprecisión de 'Homeland'

Me gustan las series de televisión que me entretengan sin mucho esfuerzo. Cuando me tumbo en el sofá después de un largo día de trabajo, no estoy necesariamente dispuesto a tener que pensar demasiado. Me apetece reírme un rato o vibrar con un par de explosiones antes de irme a la cama. Pero tampoco me gusta que me tomen el pelo. Por eso me repatea el éxito de Homeland. Entiendo el enamoramiento por las tramas de espionaje y los dramas de los espías humanizados, imperfectos como nosotros. Están de moda los héroes mundanos y los villanos con crisis de conciencia. Los buenos ya no san tan buenos y los malos siempre tienen un motivo conmovedor para serlo. Todo para despertar en nosotros la simpatía esta que engancha. Demasiado Batman de Christopher Nolan para mi gusto. Pero mi problema con Homeland va mucho más allá de las obviedades y los agujeros en el guión. Me preocupa el contenido, una propaganda islamofóbica descarada y asustadora.


A mí me han vendido la serie como una producción compleja y llena de matices sobre las entrañas de la CIA y la política exterior de EE UU en el combate contra el terrorismo. Cuenta la historia de Nicholas Brody, un militar estadounidense capturado por Abu Nazir, líder de la Al Qaida. El marine es torturado durante su detención (tortura esta, “mala”, diferente de la tortura “buena” de La Noche Más Oscura) y, amparado por Abu Nazir se convierte al Islán y, consecuentemente, al terrorismo (ah, el síndrome de Estocolmo). Como la última parte es un secreto, los políticos de Washington abrazan a Brody como un “héroe” de guerra, le hacen político y postulante a la vicepresidencia de la candidatura republicana.

Mientras tanto, todos los personajes árabes y musulmanes, aunque occidentalizados, inteligentes y exitosos, están de alguna forma conectados a complejas redes internacionales del terror islamista. El mejor ejemplo es el de Roya Hammad, una reportera de televisión árabe, de inglés británico impecable y con el privilegio de tener entrada libre en el Congreso y en la sede de la CIA para entrevistar a quien quiera, como quiera y a la hora que quiera. Una especie de Christiane Amanpour del Oriente. Pues resulta que Hammad es también una leal teniente del mismo Abu Nazir. En un momento, ella revela al militar-terrorista-político-musulmán que lo es porque “sus familias están conectadas desde 1947, cuando se refugiaron juntos de Palestina”.

Si, el dicho líder musulmán fanático de Al Qaeda es palestino.

Homeland es una triste perpetuación de los estereotipos del árabe malo, terrorista, que odia al occidente y vive entre nosotros. La audiencia liberal ya no se siente segura y tranquilizada desde su sofá viendo a la CIA hacer todo lo necesario (tortura buena, ataques aéreos no autorizados, invasiones en territorio extranjero, etc) para el bien mayor de la “América”. Eso porqué el enemigo ya no está el en lejano oriente. Está en la casa al lado.

Estamos hablando de una obra de ficción, vale. Pero para vilipendiar la imagen de los árabes y musulmanes, sus guionistas no se cortan un pelo a la hora de traer personajes de la vida real y distorsionar la realidad para probar sus puntos. La segunda temporada comienza en Beirut, Líbano, con un supuesto encuentro entre líderes de Al Qaida y Hezbollah en pleno centro de la ciudad. Una vez más, todos los personajes están involucrados con el terrorismo y el centro de Beirut está sitiado y tomado de guerrilleros armados hasta los dientes.

Al Qaeda es un grupo sunita y Hezbollah, un grupo chiíta. No hace falta ser especialista en religiones u Oriente Medio para saber que sunitas y chiítas se llevan fatal. Basta con conocer un poco sobre la situación política de Irak o buscar en Google los nombres de las dos organizaciones para ver como ambos se ponen a parir. Pero aun así, supongamos que Al Qaeda y Hezbollah, por más improbable que pueda parecer, decidiesen poner sus (grandes) diferencias de lado. ¿Por qué el primer, un grupo de acción reconocidamente global, necesitaría al segundo, un grupo pequeño y de acción históricamente local, para atacar a EE UU en su propio suelo? ¿Los cohetes que Hezbollah tiene en el sur de Líbano y que mal logran alcanzar a Tel Aviv, de repente, ganaron el alcance necesario para llegar a Washington?

Aunque los dos grupos tuvieran intereses comunes, ¿por qué reunirse en la calle Hamra, una de las más abiertas y diversas de Beirut, llena de bares y tiendas de moda? La misma calle Hamra en la que he ido de borrachera con mis amigos muchos de los fines de semana de vacaciones. Aunque la reunión fuera en el barrio de Dahye, controlado por Hezbollah, ¿por qué un alto cargo de Al Qaeda se arriesgaría tanto y elegiría Líbano para hacer una reunión con Hezbollah en vez de un territorio neutral?

No me extraña que el Gobierno libanés haya planteado demandar a los productores de la série.

A mí me molesta que me tomen por tonto. Y me preocupa como críticos y formadores de opinión puedan abalar una serie llena de prejuicios e incorrecciones, celebrando el arte del engaño y ayudando a perpetrar tristes estereotipos contra árabes y musulmanes.

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